Dejando atrás el frío y la pobreza de su pueblo burgalés, Narciso González llegó a Madrid con la maleta de cartón cargada de ilusión por labrarse un porvenir. Para ello comenzó trabajando duro en diferentes comercios y se casó, tuvo cuatro hijos y cuando tuvo sus ahorrillos, en 1921, alquiló un pequeño local en la calle Imperial que dedicó a la venta de cordelería, sacos, arpilleras, artículos para caballerías… El comercio permaneció abierto en la Guerra Civil, durante la cual, cocinaba encima de su mostrador de nogal quedando en la actualidad recuerdo de aquello.
Narciso, castellano duro, cabal y trabajador incansable, permaneció hasta finales de los 60 a pie de mostrador junto a su hija y su yerno, conviviendo con ellos y sus tres hijos hasta el final de su vida, enseñando que lo primordial era la buena atención al cliente, el trato personal, el asesoramiento y el perfecto conocimiento de la mercancía. La tienda siempre constituyó un lazo familiar más. Los tres nietos, tras formarse en otras áreas, optaron por ingresar en el negocio familiar, sin perder de vista los valores infundidos por el abuelo, con espíritu de servicio, sin modificar la apariencia del local e incorporando nuevos materiales y abandonando otros, ya que las condiciones de vida habían cambiado y no se utilizaban serones para burros, por ejemplo, se tenía más presente la decoración del hogar, el mundo del espectáculo y del Arte. Eso sí, sin abandonar productos como cinchas, cuerdas, lonas…